Este artículo está escrito para los que deseaban lo peor.
Para los que llevan meses, quizá años, instalados en una especie de derrota emocional permanente donde cada mala noticia alimenta una extraña satisfacción moral. Para los que parecían necesitar el hundimiento definitivo del Valencia CF para confirmar que tenían razón.
Pues bien: el Valencia sigue vivo.
Y sí, el Valencia juega mal. A veces muy mal.
Ha habido partidos insoportables. Decisiones deportivas mediocres. Años impropios de la historia del club. Nadie que ame de verdad al Valencia puede sentirse satisfecho con esta decadencia.
Pero precisamente ahí aparece algo que algunos nunca entenderán: la dimensión real del Valencia CF.
Porque el Valencia es mucho más grande que sus propietarios, que sus dirigentes, que sus crisis y hasta que sus peores épocas.
El Valencia pertenece a esa categoría de instituciones que terminan sobreviviendo incluso a quienes creen controlarlas.
Como las viejas ciudades mediterráneas.
Como las grandes catedrales.
Como las pirámides que acaban durando miles de años más que los nombres de quienes las levantaron.
Peter Lim pasará.
Todos pasan.
Pasaron presidentes, accionistas, estrellas, entrenadores, guerras internas, descensos y ruinas económicas. Pasó 1986. Pasaron crisis que parecían terminales. Y, sin embargo, Mestalla sigue ahí.
Siempre sigue ahí.
Por eso resulta tan revelador el comportamiento de ciertos sectores estas últimas semanas. El Valencia gana en San Mamés, da prácticamente un paso definitivo hacia la permanencia y, en lugar de aparecer alivio, ilusión o unión mínima alrededor del equipo, algunos reaccionan con más dramatismo todavía.
Como si la supervivencia del Valencia molestara.
Como si hubiera gente incómoda porque el relato del funeral permanente empieza a resquebrajarse.
Es un fenómeno muy contemporáneo: personas que terminan viviendo emocionalmente del desastre. Que convierten el colapso en identidad. Que necesitan que todo vaya siempre mal porque sin ruina continua se derrumba el personaje construido durante años.
Y ahí la crítica deja de ser amor exigente al club para convertirse en otra cosa.
Porque una cosa es denunciar errores estructurales. Y otra empezar a transmitir la sensación de que cualquier brote de esperanza debe ser inmediatamente aplastado para mantener viva la depresión colectiva.
El Valencia necesita reconstruirse. Muchísimo.
Necesita recuperar ambición.
Necesita estabilidad.
Necesita volver a parecer un gran club europeo.
Pero también necesita escapar de esta atmósfera tóxica donde algunos parecen más cómodos en el desastre que en la recuperación.
Porque el valencianismo real no funciona así.
El valencianismo puede protestar contra Peter Lim y al mismo tiempo empujar al equipo.
Puede exigir cambios profundos sin disparar contra sus propios jugadores cada domingo.
Puede entender que, ahora mismo, salvar al Valencia era lo prioritario.
Y el Valencia está muy cerca de conseguirlo.
Por eso este artículo está escrito para quienes parecían decepcionados con cada victoria.
Para quienes han confundido el pesimismo con lucidez.
Para quienes llevan demasiado tiempo anunciando la muerte de algo que continúa resistiendo.
Porque el Valencia tiene una fuerza histórica difícil de explicar.
Una especie de magia antigua.
Una memoria emocional que reaparece incluso cuando todo parece roto.
Y por eso sobrevive.
Sobrevive a malos gestores.
Sobrevive a malas temporadas.
Sobrevive incluso a quienes parecían desear el peor final posible para poder decir después: “yo ya lo advertí”.
Pero no.
El Valencia no se rinde tan fácilmente.
Nunca lo ha hecho.
Julio Insa





