Pausa

Salvar al Valencia CF primero; después, que no se salve nadie

Afición del Valencia CF animando en Mestalla en un partido decisivo por la permanencia

Hay momentos en los que un club no necesita comprensión, necesita claridad. El Valencia CF está en uno de esos momentos: al límite, sin margen, sin excusas y sin crédito.

Aquí no hay que edulcorar nada. La temporada ha sido un desastre. La planificación ha fallado. Las decisiones han sido cuestionables. Y el rendimiento, en demasiadas fases, indigno de lo que representa este escudo.

Eso es así.

Y la gente tiene razón en enfadarse.

Tiene razón en señalar a los jugadores cuando no están a la altura. Tiene razón en cuestionar al entrenador cuando el equipo no responde. Tiene razón en exigir responsabilidades a la propiedad, con Peter Lim como máximo responsable de un modelo que ha llevado al club a una situación límite.

Todo eso es verdad.

Pero hay otra verdad, más incómoda todavía: ahora mismo, tener razón no sirve de nada.

Se puede tener razón… y aun así equivocarse en el momento

Porque el Valencia CF no está en un debate. Está en una cuenta atrás.

Y en una cuenta atrás, el ruido no ayuda. El juicio permanente no suma. La desconfianza generalizada no empuja al equipo hacia la victoria, lo acerca al colapso.

Se puede estar en contra de todo —y con motivos—, pero convertir cada partido en un ajuste de cuentas es, sencillamente, pegarse un tiro en el pie.

El equipo necesita competir, no justificarse.

Y competir exige algo que ahora mismo escasea: un mínimo de estabilidad emocional alrededor.

No para proteger a nadie.
No para tapar errores.
Sino para sacar esto adelante.

Mestalla no puede ser un tribunal antes de tiempo

Mestalla tiene todo el derecho a estar enfadada. Lo tiene.

Pero si ese enfado se convierte en un factor más de presión contra los propios jugadores en un momento límite, el resultado puede ser exactamente el contrario al que se busca.

Porque este equipo no ha demostrado fortaleza mental. Y eso también hay que decirlo.

No estamos hablando de un grupo que se crezca en la adversidad. Estamos hablando de un equipo que, cuando duda, se cae.

Y ahora mismo no se puede permitir caerse.

Por eso, más que nunca, hace falta inteligencia.

No apoyo ciego.
No aplausos vacíos.
Inteligencia.

Saber cuándo apretar… y cuándo empujar.

Primero la salvación; después, el juicio

Que nadie confunda esto con un perdón anticipado. Aquí no se está pidiendo olvidar nada.

Se está pidiendo ordenar los tiempos.

Porque el Valencia CF necesita esos tres puntos para garantizar la permanencia. Y sin permanencia, todo lo demás pierde sentido.

Primero hay que salir del incendio.

Después, ya veremos quién lo provocó.

Y entonces sí: llegará el momento de ajustar cuentas. De analizar decisiones. De revisar comportamientos. De exigir explicaciones. De depurar responsabilidades.

A todos.

Sin excepciones.

Ahí es donde la metáfora de Núremberg deja de ser exagerada y pasa a ser precisa: primero se sobrevive, después se juzga.

Y cuando llegue ese momento, que no se salve nadie.

Ni los que decidieron.
Ni los que ejecutaron.
Ni los que miraron hacia otro lado.

Hoy no va de justicia; va de supervivencia

Pero hoy no es ese día.

Hoy no va de justicia.
Va de supervivencia.

Hoy el enemigo no está en el palco, ni en el banquillo, ni en el vestuario. Está en la clasificación.

Y contra eso no se gana con razón.

Se gana con puntos.

Y para sumar esos puntos, el Valencia CF necesita algo que ahora mismo depende de todos: no equivocarse de batalla.

Primero salvarse.

Después, que empiece el juicio.

Julio Insa

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